En los últimos tiempos he empezado a aficionarme un poco al baloncesto. Más que al baloncesto, a la NBA. He intentado ver algún partido de ACB y de Euroliga, pero no lo he conseguido. La NBA es otra historia, otro deporte, casi. Más allá de generalizaciones, diría que el problema radica en el concepto de espectáculo y de deporte tan distante entre un continente y otro. En un proceso comparativo, necesario en las fases de aprendizaje, he confrontado baloncesto NBA y fútbol europeo y he llegado a la conclusión de que el fútbol, como organización, es insostenible.
En verdad no es nada nuevo, soy aficionado al fútbol desde hace ya unos cuantos años. Los derechos televisivos son insuficientes para pagar la competición, los gobiernos, en especial el español, miran en otra dirección ante la mala gestión de los equipos. Se les dio la solución de convertirse en S.A.s para sanearse, pero han seguido la misma senda que los condujo a la bancarrota y ahí es en donde están de nuevo. Mientras, los jugadores cobran cada vez más, los agentes se llevan su tajada y tanto movimiento sirve para blanqueos varios y comisiones perdidas a los ojos del público y encontradas por miradas ladinas. Es un negocio insostenible, pero no solo desde el punto de vista distributivo.
Competitivamente es una burla al intelecto. En España es evidente que La Liga ha muerto. Al resaltar dos campeones por encima de los demás, el resto ha desaparecido y será olvidado en breve. Los dos gigantes, sin nadie a quién compararse, excepto a su igual, dejarán de ser gigantes una vez se queden solos. Mientras, en la NBA, cada equipo tiene dos o tres jugadores dignos de ser vistos. Un equipo como los Timberwolves pueden pasar de ser los peores de las dos últimas temporadas a jugar play-offs. Pero no solo eso, los mejores de las respectivas conferencias lo son con un balance de victorias de 2/3, mientras que en el fútbol español vemos que el líder lo es con un balance de 18/20. El deporte es emoción, pero en el fútbol no la hay. No se puede concentrar toda la emoción en quién será el campeón de una liga que solo dos pueden competir. ¿Para qué el resto?
Y no solo eso, sino que todo está diseñado para que la situación se perpetúe. Si algún jugador de los otros equipos destaca, a la temporada siguiente lucirá una de las dos camisetas. A lo mejor la luce en el banquillo, eso poco importa, porque el efecto es doble: más efectivos en el equipo y menos en los rivales. Es la pescadilla que se muerde la cola, porque nadie quiere ver a esos equipos pequeños, pero sí a los grandes. Los grandes reciben más dinero en consecuencia y pueden quitarles jugadores a los pequeños, que a su vez, pierden todo incentivo para ser vistos. Pero de igual manera que nadie se divierte viendo niños jugando contra adultos, nadie se divierte viendo a equipos de distinta categoría jugando una liga.
Esto es algo que se sabe perfectamente en la NBA, por eso se estimula el reparto, el tope económico, para que cada partido pueda ser interesante, para que cada partido sea una incógnita. Así se consigue que no importe quién juegue, porque el partido será potencialmente interesante. Mediante un sistema que estimula la competitividad, la competición está asegurada mientras el sistema no cambie su objetivo. En el fútbol pasa justo lo contrario.
Más allá de La Liga, el problema radica en la FIFA y su afán por mantener el mismo sistema anquilosado y anticuado. El objetivo es claro: favorecer a los históricos mediante un sistema controlable, en el que los errores arbitrales sean la norma. No interesa que el fútbol llegue al siglo XXI, porque entonces no se podrían prediseñar los torneos. El reparto equitativo tampoco es beneficioso para los que controlan, porque la democratización se sabe que conduce a la erradicación de los parásitos y de los son capaces de comprar la victoria, con dinero o con influencia. La competición está tan adulterada que pensándolo friamente, me pregunto por qué sigo viendo fútbol.
Supongo que me encanta el deporte en sí. Pienso que no hay ninguna alternativa viable viviendo en Europa, porque seguir partidos en continente americano es demasiado sacrificado para alguien que se está aficionando sin más. Pero el fútbol, tal y como es ahora, está condenado a implosionar. Aunque creo que cada implosión vendrá acompañada de la inestimable ayuda de los distintos estados, siempre salvadores de cosas sin importancia.
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