jueves, 9 de febrero de 2012

Cuando el tiempo no pasa

A veces resulta complicado hablar de la historia de España, no por miedo a incomodar, a abrir viejas heridas, a echar sal en aquellas que nunca se cerraron, sino porque no se puede hablar de historia sin que el tiempo pase y el tiempo no pasa mientras no haya movimiento. Y ahí está España, en el mismo lugar de siempre. Ya en el siglo XVIII Juan Pablo Forner, en su Discurso sobre la manera de escribir y mejorar la historia de España, se quejaba de que el país estaba retrasado cien años respecto a sus vecinos. Cabe decir que los únicos que leyeron la obra en ese siglo fueron los inquisidores que prohibieron su publicación.

Hace poco terminé una monografía sobre Pablo de Olavide, uno de los principales reformistas de la segunda mitad del siglo XVIII en España. A él se le debe la modernización de Sevilla, las bases de la reforma universitaria y la colonización de Sierra Morena, la mayor obra del reinado de Carlos III. Sin embargo, el precio que pagó por conseguir todos esos avances fue bastante elevado: fue el último gran condenado de la Inquisición por "herejía formal". El tribunal se aprovechó de su falta de ortodoxia religiosa, aunque de todos era bien sabido lo muy creyente que era (no en vano se doctoró en Teología a la edad de quince años y su obra más famosa lleva por nombre El Evangelio en triunfo)El Santo Oficio no castigó a Olavide por su fe, sino por sus múltiples enfrentamientos con la aristocracia sevillana. Puesto que no pudieron vencerlo por sus reformas, ya que la mayoría fueron un éxito, lo vencieron por otros medios y, de paso, dieron un escarmiento a reformistas e ilustrados por igual. Todo ello con el beneplácito del pueblo, principal beneficiario de sus reformas, pero que no dudó en favorecer su condena.

Mientras trabajaba en la monografía, empezó el juicio al juez Garzón. Era como ver una obra teatral en la que el director de escena había ignorado las pautas del dramaturgo, pero que seguía la trama al pie de la letra. Ahí estaba el hombre que había luchado por el bien común, al que sus rivales solo podían criticarle por su supuesto carácter reprochable, encausado por razones insostenibles y, ahora, finalmente condenado de la forma más injusta: el primer condenado por una trama de corrupción es el que manda investigarla.

Una vez más, los poderosos ganan y el pueblo aplaude. España sigue parada. Durante varios siglos, en gran parte gracias a la Leyenda Negra, en Europa se preguntaron qué había aportado España a la humanidad después de El Quijote. Es tentador hacerse eco de esa pregunta. Es tentador porque a lo mejor el problema es que nunca nos hemos hecho nosotros mismos la pregunta en serio. Tal vez encontrando una respuesta, aunque esta fuera "nada", podamos dar un paso adelante y ponernos en movimiento de nuevo.

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